El oficio de vivir
Se llama oficio en Nietzsche a la posición en la que se ubica para pensar. Es un espacio de pensamiento. Este espacio de pensamiento no es circular ni frontal, es angular. El oficio es un punto de vista, un punto desde el que se diagrama una perspectiva.
Y bien, el oficio de vivir será entonces buscar el punto donde uno yace parado; mirarse primero, contemplarse frente al espejo de las dudas, saberse uno, sentir que pertenece a un punto de vista y no a otro. Este será el oficio de vivir, romper los eslabones que nos atan a lo intrínseco, a lo que creemos nuestro, y pretendemos que sea verdad.
El oficio, este de vivir, es auténtico, es antiguo, es el oficio que todos queremos saber hacer, y pocos se animan a dar luz en este abismo oscuro. La ignorancia nos adormece todos los días; nos hace polvo de imágenes, contrafiguras de sueños, inversos deseos y temores, y se repite, insaciable, invariable. Nos hace hombres diferentes que circulan con distintas medidas de conocimiento; pero una meta igual, la cantidad, la felicidad si es posible, a cualquier precio y valor.
Este oficio de vivir parece hoy una metáfora en la que estamos inmersos, tratando de dilucidar quien es el héroe, quien el mediador, quien el genio. Así no paramos en ningún desierto y seguimos tras los pasos de un individuo que creemos en alguna parte se halla. Todo el tiempo buscamos esa jerarquía que nos ordene el caos trascendental en el que vivimos. Oficio de muerte, este de vivir hoy, corriendo tras fantasmas de viejos espejismos, llenos de lodo de unos padres estériles, llenos de meticulosas mentiras, de arraigadas costumbres costumbristas y pacatas, pegajosas y molestas. Sudados, prisioneros de cárceles de nada y de pensamiento; momificados frente a los grandes avances que nos atropellan día a día, herederos de frutos sin raíces, aventureros de este oficio eterno y abrumador, especialistas en hallar la libertad en cualquier viento que nos golpea en la cara.
