ápice
quietud:
este sueño implicado en el misterio
de enmendar el infinito/ entre tus brazos
lapalabramedida@hotmail.com
Tus posesiones ¿no son acaso la acumulación de los temores a necesitar mañana?
K. Gibran
La necesidad es ese miedo insaciable
Ese regalo que todo lo da,
El aire que atraviesa tu piel;
Todo duerme allí
Sobre la culpa y la comprensión,
Mis palabras y tu corazón,
Una manzana bien mordida
Y la pulpa floreciendo en tu cuerpo,
Vasos de vino que derrama el invierno,
Racimos de memoria que almacenan olvido.
Si toda necesidad te pertenece
Eres murmullo de vida
Y progresar de la desgracia.
Vivir es una necesidad cansada
Un hilo que tensa la esperanza,
Es una falta de todas las otras armonías
Un ir contigo hacia si mismo.
Este breve lapso de tiempo
Es tu tristeza descubierta,
Porque la tristeza y la alegría van juntos.
Pero todos vamos suspendidos de la misma balanza.
Un cúmulo de papel es tu piel..................
Arrugada.................................................
Y mis dedos eyaculando polen.................
En tu cuerpo con olor a sexo...................
Una madre alza al niño para que vea el horrendo espectáculo, las piernitas del pequeño le caen sobre el pecho, casi derretido por el sol. Es un niño que mira, dos ojos con mesura recorriendo las cenizas de varios cuerpos yacentes en el suelo. La tierra se levanta en leves remolinos y el verdugo amontona el polvo gris que se va esparciendo por toda la plaza; la madre también observa con sagacidad, grita, vocifera, canta junto con las demás personas que se encuentran allí, jadeando al ritmo sinfónico de la muerte, del horrible escenario del que son parte.
El inquisidor se va más allá con paso lento, torvo, casi displicente; mira la multitud que tras él sigue vibrando entre los monótonos sonidos de las gargantas, es un eco que repica y se clava en las campanas oxidadas de la catedral, es un eco infinito que va ondeando el aire claro, transparente, del mediodía de algún año de algún siglo de la iglesia.
Los restos son juntados, las personas se van dispersando vagamente, cuchicheando las últimas palabras sobre las finadas victimas; mujeres y niños han concurrido a un esplendor más, han sido participes de la real verdad sagrada y consumada. Quedan allí apenas cenizas que no pueden juntarse y se pegan inevitablemente a la tierra; son minúsculas partículas ahora adheridas al polvo de la plaza, ya casi vacía, ya casi en silencio, son ellas mujeres brujas y demás pecadoras. El sol calienta tiernamente aquel polvillo desparramado, derretido sobre ese polvo más grueso, más firme, que es la tierra seca. La madre con su hijo tomado de la mano camina de vuelta hacia su casa; mientras en la plaza un levísimo remolino, una triste brisa, eleva las pocas cenizas que quedan, las revuelve un poco, a centímetros de la tierra, luego las deja caer, lóbregas cenizas, fuegos apagados y carcomidos, giran en círculo un instante y después mueren, como han muertos sus parientes, los cuerpos ardientes.
Mas acá, en la historia, en los siglos, en la iglesia, una mujer prepara la comida para su hijo que sentado en la mesa contempla insomne el televisor; parpadea de a ratos, mira sin mirar, mira fijo, escucha atento, calmo, deja de oír, y pretende cambiar de canal. La madre lo mira, él mira el televisor, la cara del periodista se refleja en la mesa, el sol del mediodía calienta aquella imagen reflejada. El niño mira y la madre lo ve, el niño mira las noticias y la madre contempla, son una sola imagen, única y distinta, a caras desiguales; el periodista en la mesa, el niño en la tele, la madre mirando, las noticias corriendo de prisa hacia la muerte, instantánea, efímera, brutal. La imagen queda congelada en mi memoria, o en la memoria de alguna otra persona que mira lo que todos miramos a diario. La imagen queda allí, fría, alejada, y temerosamente la miro, es como un espejo; aquella imagen de la madre y su hijo al hombro no dista mucho de esta otra que yo veo ahora, que no se si es ayer o mañana, si es todavía o siempre. Me quedo perplejo mirando un punto fijo, de pronto el silencio de esa imagen congelada en mi memoria escucha el batir de unas alas, oye el claro grito de las aves que vienen hacia aquí. Y ya la imagen del niño rueda por toda la mesa, se mezcla indefinidamente con el reflejo del periodista, se confunde entre la silueta de la madre, se pierde en el ruido sordo de las noticias que corren despavoridas y van girando en ese pequeño remolino de imágenes. Todo se aquieta en un estallido de silencio, los cuervos avanzan cortando el aire, vienen hacia aquí, van hacia la imagen, clavan sus picos, sagaces y placenteros, y derriten esa imagen con un río de sangre. Todo se inunda de rojo y vuelve lentamente a la normalidad; los cuervos se alejan con sus picos ensangrentados, vuelan pesados, van por otra victima, que tal vez no sea yo.
Sigo siendo el otro
el predicado de un mundo ausente,
el caudal de palabras limitadas
el río de la muerte
que ante tus ojos comparte esperanza.
En cualquier parte
soy esa otra replica
que se asombra del dolor
que perdura en alguna inmortalidad.
en su tirante sombra,
cómplice del silencio,
predestinado al fuego de un sol definitivo
cuyo ocaso es la muerte,
condenado a la despiadada ausencia
de esconder el alma.