viernes, 16 de febrero de 2007

El Palimpsesto

Manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior borrada artificialmente.

Este palimpsesto no contiene memoria, no tiene ideas ni imágenes ni sensaciones, esta aquí, como innumerables cosas nos rodean sin razón. Este manuscrito no se va escribiendo como el de Baudelaire, no se va apilando allí, como si fueran libros, todos los actos de la memoria; no se van superponiendo las experiencias vividas, no se van sucediendo las sombras unas a otras. Aquí, en este lugar de la memoria todo se va haciendo olvido y nuestro cerebro parece estar cayendo, siempre desapareciendo en el correr de los días, que pasan de prisa, que pasan y se van escondiendo en una lejana cercanía. De allí deviene nuestro misántropo pensamiento, de que todo lo creado es indestructible y por eso nada se guarda en es palimpsesto de la memoria, todo se tira al olvido, todo lo dejamos correr en nuestro destino. Y es por ello que no podemos sobrescribir nuestro manuscrito personal, ese que llevamos dentro y que de alguna manera nos hace únicos e indiferentes.

Este palimpsesto consigue por momentos dominar nuestra mente, pero el carácter ligero de nuestros pensamientos, hace que todo fluya, nos reafirma que parados aquí, frente al espejo de la nada, no somos buenos ni malos. Es por eso que nuestros actos van superponiendo ese cuaderno de infinitas hojas, que es nuestra memoria y allí dentro todo se va mezclando, se va perdiendo y se hace difícil encontrar en esa penumbra de nuestro interior, los recuerdos que lleven a lo que creímos alguna vez vivir o sentir.

Así quedan marcadas las huellas de este palimpsesto, en esas hojas ya marchitas, que cierta vez escribió nuestro destino. Queda disuelto todo lo que somos en esas leyendas infantiles, en esos besos refugiados y lóbregos que vuelven como caricias y son arrancados para siempre de nuestra pasión. Son quitados de aquí, para que podamos vivir en libertad con nuestra vida, libres de la enfermedad de la culpa…

“Los Paraísos Artificiales”

Charles Baudelaire.