viernes, 20 de abril de 2007

, destino y cuerpo,


Eras transparente repugnancia, como sol pisado en un atardecer libérrimo. Eras esa respiración que se rinde lenta ante los besos, de una carne deshecha, consumida en las cosas que nunca se acarician. Eras carne, detenida apenas, rompiendo las palabras sobre el aire pesado…dulcemente pesado.
Tu sangre, limbo de otros polvos, de otras muertes, aguarda tiernamente ser devorad. Mira su inmensa sombra desquiciada, desnutrida, llena de sofisma, mira todo a su alrededor…
Las luces se extinguen en la blancura de tus labios que sonríen y son brillantes signos del amor, bordes que ignoran la forma de tu cuerpo, nombres que a cada instante nacen en tu cuerpo.
No quiero, no renuncio, a la orilla de tu lengua echada sobre mi pecho. No quiero ese dolor mordido por tu boca insegura, no puedo tragar esas voces, que inefables suben por tu cabello encendido. No quiero destino y cuerpo, mundo y signo, que no puedo comprender. No renuncio a escucharte en el río inocente de tus palabras, no renuncio y eso es todo; no quiero, y eso me basta. Después vendrán rumores como círculos, alas como agua, peces como ojos girando ciegos en la nada. Después seremos huéspedes de nuestra propia caída, afilando las uñas, para inmolarnos con nuestra propia pólvora. Y desterrados, con las sonrisas aceradas, con los pies pegados como imanes a la tierra, nos quedaremos vueltos a la misma espera. Esta que divide tu mundo del mío, y se repite dando falsas treguas y se llena de miedo, dando silbidos en el silencio estepario.